Bruselas quiere crear su Fondo Monetario para apuntalar el euro

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El euro va emergiendo de la Gran Recesión con todas las plumas, pero Europa es consciente de que volverá a sufrir tan pronto como asome la próxima crisis. Bruselas, Berlín y París pugnan por imponer sus ideas sobre las reformas que necesita la eurozona para reforzarse. La Comisión y las capitales coinciden en la necesidad de impulsar un Fondo Monetario Europeo (FME). Pero el diseño definitivo es una incógnita: ese FME será la gran batalla política de los próximos tiempos. Alemania pretende dar un golpe de mano y quitarle a Bruselas la supervisión de la política fiscal para dársela a esa nueva institución.

El euro cumplió la mayoría de edad en 2016, pero aún es una moneda adolescente: Bruselas y los Estados miembros son conscientes de la necesidad de crear una institución equivalente al BCE en el plano de la política fiscal para darle solidez. Un euro sin unión política, sin política fiscal, es "un castillo en el aire", decía Helmut Kohl. Durante la última década, una moneda que estaba diseñada para fomentar la estabilidad llegó a convertirse en uno de los grandes riesgos económicos del mundo, y alumbró una fractura Norte-Sur, una guerra de baja intensidad acreedores-deudores tanto por sus defectos de fábrica como por las incompatibilidades entre las culturas de política económica de los países que la usan. La eurozona está incompleta, y aun así consiguió salvar la Gran Recesión apenas retocando el edificio. Pero Bruselas, París y Berlín son conscientes de que necesita cambios profundos.

La Comisión ya presentó en primavera varias opciones. El empuje reformista de Emmanuel Macron en Francia, si realmente se sustancia, ha obrado una especie de milagro: Alemania ha pasado del nein general, no a la mutualización, no al fondo de garantía de depósitos, no al respaldo fiscal del fondo de resolución de bancos, no a un seguro de paro común, a buscar la manera de revivir el motor francoalemán. Berlín se aviene a convertir el Mecanismo Europeo de Estabilización (Mede, que sirvió para rescatar países en crisis) en un Fondo Monetario. Pero hay que ponerle el cascabel al gato: el FME que quiere Alemania no es exactamente el que desea Francia, y está lejos del que pretende la Comisión.

Esa será una de las grandes batallas políticas de los próximos tiempos. Y Bruselas dispara primero: el jefe de la Comisión, Jean-Claude Juncker, esbozará su idea de FME este miércoles, en el discurso sobre el Estado de la Unión. Según documentos en poder de este diario, Juncker cree que la Unión "tiene ahora, económica y políticamente, mucho más viento en sus velas", y debe aprovechar esa oportunidad para transformar el Mede en el FME y completar una ambiciosa agenda: dotar un presupuesto de la eurozona para invertir en los países en crisis; reducir los riesgos del sector financiero a la vez que se completa la unión bancaria con un fondo de garantía de depósitos y un respaldo fiscal, quizá vía ese FME, al fondo de resolución de bancos, y, más adelante, empezar "el trabajo exploratorio para crear un activo seguro del euro". Esos eurobonos serían para 2025. "Los eurobonos son una fantasía, pero la UE y el euro también lo fueron", señalan fuentes de la UE.

El euro va emergiendo de la Gran Recesión con todas las plumas, pero Europa es consciente de que volverá a sufrir tan pronto como asome la próxima crisis. Bruselas, Berlín y París pugnan por imponer sus ideas sobre las reformas que necesita la eurozona para reforzarse. La Comisión y las capitales coinciden en la necesidad de impulsar un Fondo Monetario Europeo (FME). Pero el diseño definitivo es una incógnita: ese FME será la gran batalla política de los próximos tiempos. Alemania pretende dar un golpe de mano y quitarle a Bruselas la supervisión de la política fiscal para dársela a esa nueva institución.

El euro cumplió la mayoría de edad en 2016, pero aún es una moneda adolescente: Bruselas y los Estados miembros son conscientes de la necesidad de crear una institución equivalente al BCE en el plano de la política fiscal para darle solidez. Un euro sin unión política, sin política fiscal, es "un castillo en el aire", decía Helmut Kohl. Durante la última década, una moneda que estaba diseñada para fomentar la estabilidad llegó a convertirse en uno de los grandes riesgos económicos del mundo, y alumbró una fractura Norte-Sur, una guerra de baja intensidad acreedores-deudores tanto por sus defectos de fábrica como por las incompatibilidades entre las culturas de política económica de los países que la usan. La eurozona está incompleta, y aun así consiguió salvar la Gran Recesión apenas retocando el edificio. Pero Bruselas, París y Berlín son conscientes de que necesita cambios profundos.

La Comisión ya presentó en primavera varias opciones. El empuje reformista de Emmanuel Macron en Francia, si realmente se sustancia, ha obrado una especie de milagro: Alemania ha pasado del nein general, no a la mutualización, no al fondo de garantía de depósitos, no al respaldo fiscal del fondo de resolución de bancos, no a un seguro de paro común, a buscar la manera de revivir el motor francoalemán. Berlín se aviene a convertir el Mecanismo Europeo de Estabilización (Mede, que sirvió para rescatar países en crisis) en un Fondo Monetario. Pero hay que ponerle el cascabel al gato: el FME que quiere Alemania no es exactamente el que desea Francia, y está lejos del que pretende la Comisión.

Esa será una de las grandes batallas políticas de los próximos tiempos. Y Bruselas dispara primero: el jefe de la Comisión, Jean-Claude Juncker, esbozará su idea de FME este miércoles, en el discurso sobre el Estado de la Unión. Según documentos en poder de este diario, Juncker cree que la Unión "tiene ahora, económica y políticamente, mucho más viento en sus velas", y debe aprovechar esa oportunidad para transformar el Mede en el FME y completar una ambiciosa agenda: dotar un presupuesto de la eurozona para invertir en los países en crisis; reducir los riesgos del sector financiero a la vez que se completa la unión bancaria con un fondo de garantía de depósitos y un respaldo fiscal, quizá vía ese FME, al fondo de resolución de bancos, y, más adelante, empezar "el trabajo exploratorio para crear un activo seguro del euro". Esos eurobonos serían para 2025. "Los eurobonos son una fantasía, pero la UE y el euro también lo fueron", señalan fuentes de la UE.

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